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Days 4 & 5 (February 11 & 12) We spent two days in Valparaiso (Valpo) visiting my friends Cecilia Araneda and David Naranjo. I have known them for many years.  It was great to finally meet their lovely kids Pablo (12) and Gabriela (8). Ceci and David have a beautiful house with the most amazing view of the bay. On the first day of our visit Ceci, Adrián and I took a long walk through the old part of Valpo (declared UNESCO World Heritage Site in 2003). The layout of the old city is absolutely crazy (see Neruda’s poem below for a feeling of Valpo). Houses are perched from the hills in the most remarkable places. Streets, wide and narrow, long and short, are tangled into a labyrinth full of surprises. Add to the mix a system of funicular elevators (highly-inclined cable cars called ascensores) to allow pedestrians navigate the sharp changes in elevation from on street to the next. Many walls of the city are covered by murals, some quite elaborate, painted by local and foreign artists. The lovely walk down from Ceci’s house turned into an extraneous hike back up always with wonderful views at every turn.

On the second day of our stay we had to ride to Santiago to get new tires for your bikes. With the help of Martyn—a Brit living in Santiago—from the ADVrider forum we knew to look for tires on Lira street.  The few blocks around the intersection of Lira & 10 de Julio offer many, many stores that sale motorcycles parts and accessories. We purchased Bridgestone tires from two different stores and used the service of Gabriel at the Motomel shop to install the tires. Getting in and out of Santiago was a pain of the neck because of the heavy traffic but we had no option because, after making many phone calls, we were unable to find tires in either Valpo or Viña del Mar.

ODA A VALPARAÍSO Pablo Neruda

VALPARAÍSO,
qué disparate
eres,
qué loco,
puerto loco,
qué cabeza
con cerros,
desgreñada,
no acabas
de peinarte,
nunca
tuviste
tiempo de vestirte,
siempre
te sorprendió
la vida,
te despertó la muerte,
en camisa,
en largos calzoncillos
con flecos de colores,
desnudo
con un nombre
tatuado en la barriga,
y con sombrero,
te agarró el terremoto,
corriste
enloquecido,
te quebraste las uñas,
se movieron
las aguas y las piedras,
las veredas,
el mar,
la noche,
tú dormías
en tierra,
cansado
de tus navegaciones,
y la tierra,
furiosa,
levantó su oleaje
más tempestuoso
que el vendaval marino,
el polvo
te cubría
los ojos,
las llamas
quemaban tus zapatos,
las sólidas
casas de los banqueros
trepidaban
como heridas ballenas,
mientras arriba
las casas de los pobres
saltaban
al vacio
como aves
prisioneras
que probando las alas
se desploman.

Pronto,
Valparaíso,
marinero,
te olvidas
de las lágrimas,
vuelves
a colgar tus moradas,
a pintar puertas
verdes,
ventanas
amarillas,
todo
lo transformas en nave,
eres
la remendada proa
de un pequeño,
valeroso
navío.
La tempestad corona
con espuma
tus cordeles que cantan
y la luz del océano
hace temblar camisas
y banderas
en tu vacilación indestructible.

Estrella
oscura
eres
de lejos,
en la altura de la costa
resplandeces
y pronto
entregas
tu escondido fuego,
el vaivén
de tus sordos callejones,
el desenfado
de tu movimiento,
la claridad
de tu marinería.
Aquí termino, es esta
oda,
Valparaíso,
tan pequeña
como una camiseta
desvalida,
colgando
en tus ventanas harapientas
meciéndose
en el viento
del océano,
impregnándose
de todos
los dolores
de tu suelo,
recibiendo
el rocío
de los mares, el beso
del ancho mar colérico
que con toda su fuerza
golpeándose en tu piedra
no pudo
derribarte,
porque en tu pecho austral
están tatuadas
la lucha,
la esperanza,
la solidaridad
y la alegría
como anclas
que resisten
las olas de la tierra.